La tercera de las conferencias que compusieron el Ciclo del Año Jubilar Vicentino 2019, lleó bajo el título: "San Vicente el hombre de la palabra: Predicación y Espiritualidad. Un reto para la Iglesia de hoy" y la impartió el licenciado y doctor en Teología por la Universidad de Friburgo (Suiza) y Decano de la Facultad de Teología de Valencia, el Dr. D. Vicente Botella Cubells.Además, estuvo acompañado por el cardenal arzobispo de Valencia, D. Antonio Cañizares, quién cerró el ciclo de San Vicente.

La ponencia puso de relieve la centralidad de la predicación en la vida del Maestro Vicente. Esta centralidad brota de la espiritualidad bíblica, sobre todo de la neotestamentaria, y halla en el carisma dominicano, que abrazara Vicente, su concreción. Este hecho, al mismo tiempo, subraya antropológica y teológicamente la relevancia de la palabra.

San Vicente fue el hombre de la palabra en toda la extensión y profundidad de la misma. Una palabra comprensible y directa, pero bien formada. Una palabra que movía a la gente porque estaba acreditada por su persona y por los signos que hacía. Una palabra, en suma, de vida. En este sentido, la Iglesia de hoy puede mirar a San Vicente y reconocer en él un modelo en el ejercicio de su ministerio de la palabra.

Vicente Ferrer es un hombre que estuvo abierto siempre a Dios, que es quien creó todo por la Palabra. Por tanto, el hombre como ser creado por Dios posee una estructura verbal y tiene también la capacidad de escucharla y responder a través de la fe o de rechazarla. San Vicente Ferrer conectó precisamente con el proyecto de Dios e intentó, a través de su predicación, hacer llegar la palabra de Dios, diciéndola bien.

El hombre de Dios que acoge y sabe decir la palabra con esta dimensión integral, es un hombre de fiar, que suscita confianza, credibilidad. Por eso su palabra es escuchada. Por otra parte, su estilo de vida acredita aquello que dice y por eso es una persona influyente. Además, posee un matiz, que solemos subrayar, que es el taumatúrgico. San Vicente Ferrer ha pasado a la historia como un gran obrador de milagros. En su proceso de canonización, los testigos hablaron de más de 810. Más allá del número, lo importante es que el milagro es un signo que pone en valor lo que dice, lo que cree; en definitiva, corrobora que su palabra es la palabra de Dios.

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