La quinta sesión del curso de INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA organizado por la Escuela de Filosofía del Ateneo de Valencia llevaba por título la pregunta "¿Cómo vive un filósofo?".

La tónica del curso ha sido cuál es la relación entre el filósofo y la ciudad, qué espacio comparten y dónde se agota todo lo que son: el filósofo problematiza a la ciudad respecto a las cosas que la ciudad cree saber. Antonio Lastra empezó esta quinta sesión proponiendo que, en los mismos términos que el filósofo cuestiona la ciudad, Sócrates cuestionó el cuerpo de doctrina que en su época empezaba a recibir el nombre de filosofía y que hoy clasificamos como filosofía o pensamiento presocrático.

Al comentar la vigencia de estudios que ponen sobre la mesa la posibilidad de que el calificativo de presocrático fuese pertinente, Lastra dejó lo suficientemente claro que en los mismos términos se puede ser presocrático después de Sócrates: nos es casi imposible desligar qué es o cómo debe vivir un filósofo de la cuestión de cómo vivió y murió Sócrates.

De las anteriores sesiones se retomó la afirmación de que el filósofo respeta la contingencia de su tiempo, no se marcha de la ciudad. Pero vive y muere en la ciudad en unos términos radicalmente diferentes a los términos en los que viven los no filósofos (que son todos los demás): a la delicadeza irónica con que se toma en serio la contingencia del mundo en el que le ha tocado vivir se une la valentía de estar dispuesto, estando siempre dentro y a la vez fuera de la ciudad, a redefinir los términos de su conversación y de su vida desde el principio.

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