La tercera sesión del curso de Introducción a la Filosofía de la Escuela de Filosofía del Ateneo de Valencia, impartida por Antonio Lastra, giró alrededor de dos puntos: si son ateos los filósofos y la acción verbal de inmortalizarnos. El texto que sirvió de apoyo fue un pasaje de la Ética a Nicómaco de Aristóteles (1177a-1178b).

La respuesta a la pregunta de si los filósofos son ateos no se hizo esperar: los filósofos no son más ateos que creyentes. Inmortalizarnos es uno de los verbos que nos salen al paso en el pasaje final de la Ética a Nicómaco de Aristóteles y consiste en habitar la razón (nous) y no la historia (“deshistorizar” era el verbo sobre el que giraba la sesión anterior). Si lo histórico es lo sometido al paso del tiempo, el filósofo vive como si no fuese a morir nunca.

La función que cumple la filosofía en la ciudad es la de definir los términos necesarios para la conversación, que pasan por mantener irresuelta la tensión entre la teología y la política. El entendimiento se vuelve imposible cuando una de ambas colapsa el significado de la realidad de las cosas y se abre paso la tiranía.

Sin embargo, aquí no se agota lo que el filósofo es. Siguiendo el texto de Aristóteles, el filósofo es el único que puede emprender la búsqueda de la felicidad, búsqueda que puede ser en sí misma su propio fin. Quizá en la actividad del filósofo está la realización de su propósito que es, con un verso de Santayana, contemplar estrellas que se mueven lentamente.

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